“Al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía…” (Lucas 12, 32-48)

Publicado el 12 de agosto de 2019 | No hay comentarios.

Después de leer el texto del evangelio, he querido compartir aquellas ideas que hicieron eco en mi corazón. Lo primero es admirar la creatividad con las que el escritor sagrado se las ingenia para hacer llegar su mensaje de vida en un momento en el que quizá lo más fácil era dejar, abandonar, ceder. De diferentes maneras, con insistencia e ingeniosamente, anima a sus destinatarios a la perseverancia en la fe, a la constancia en el ejercicio de la caridad, y a la fidelidad al sentimiento profundo del gozo evangélico.
Este relato está cargado de diferentes elementos de hondo significado, busca hacernos sentir la invitación a mantener viva la esperanza, pues puede verse debilitada por el descontento, el desánimo, la desilusión, el cansancio o la frustración que provocan las diferentes circunstancias de la vida cotidiana, lugar teológico donde realmente se juega la vida.
Otro elemento que me resuena del texto, es la afirmación sobre no temer. Me ha llevado a preguntarme: ¿a quién tengo miedo? ¿a qué le temo? Y allí me viene el desafío de poder identificar y colocar nombres a todos mis temores. El temor nos hace sentir indefenso, vulnerable y pequeño. Sin embargo, la certeza de que el Padre elige favorecer el Reino, es lo que devuelve la posibilidad de sentirse en camino, en itinerancia, de estar preparados para cualquier eventualidad, dispuestos a la renuncia y también al gozo, prestos a disfrutar la dicha. Confiar en la voluntad de Dios, es una actitud que nos lleva a vivir en profundidad, estando alertas, como a punto de iniciar algo, con la certeza que en medio de un mundo herido, también hemos sido convocados al gozo y a la alegría.
En el texto encontramos algunas exhortaciones, parábolas que tienen como propósito mantener viva la corresponsabilidad de las comunidades cristianas en cada momento de la historia. Las imágenes son muy expresivas, indican el cuidado y la actitud que han de tener los servidores que están esperando a que regrese su señor, para abrirle la puerta de la casa en cuanto llame, acto que puede hacer cuando menos se espera, cuando menos se piensa. Esto evoca la invitación del Papa Francisco a que seamos una comunidad creyente en salida. Los servidores han de estar muy atentos en todo momento, sea de día o de noche, siempre despiertos.
Las palabras que el autor sagrado coloca en labios de Jesús son una llamada a vivir con conciencia, lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad, la ambigüedad o el letargo. No solo en la historia de la Iglesia, sino también en la actualidad de la Iglesia, hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de despertar al mundo, como lo recuerda el Papa Francisco, es el momento de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro. Es el momento, ya es la hora de escuchar su Palabra, incluso en una Iglesia afectada por la propia fragilidad, consciente de su pecado, cansada y avejentada por su incoherencia, pero confiada en el amor tierno y misericordioso del Señor.
Otro elemento que me hace eco, y resuena de manera especial en mi interior es la frase: “donde tengan su tesoro allí también está su corazón”. Sabido, por propia experiencia es que el corazón anida lo más genuino del ser, de los sentimientos y emociones. Allí están los recuerdos más hermosos y también los más dolorosos. Uno de los obstáculos más grandes es que negamos el potencial afectivo y la pasión que habita en el corazón, ambos elementos importantes para impulsar algo distinto que no sea una actitud pasiva y de sumisión. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia el Reino de justicia, paz y solidaridad.
Siento el profundo llamado a valorar y agradecer el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de una Iglesia renovada en clave de seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial actual del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para en conjunto construir una Iglesia en salida, abierta a los problemas de la sociedad, al mundo actual, y cercana a las fronteras existenciales del ser humano de hoy.

Rosario Purilla
Carmelita Misionera, Biblista
Provincia Santa Rosa de Lima, Perú

(Extraído de la página facebook de Mujeres Iglesia Chile)

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