CON UN ESPIRITU

MANIFESTAR EL AMOR DE DIOS QUE SE NOS REVELA EN JESUCRISTO

 

Nos mueve la pasión por el Evangelio de Jesús. Su Corazón es para nosotras manantial de amor.  Amor, manso y humilde, que se conmueve, que se compadece, que sana, perdona y levanta, amor que actúa.

          Jesús, el humilde que toma nuestras cargas y fatigas. Mt 11,28ss

Jesús, el compasivo que se conmueve ante el hambre de la muchedumbre. Mc 6,34

Jesús, el buen pastor que busca, abraza y sana a la oveja perdida.  Lc 15,4ss

Jesús, el que abre su corazón en la cruz… y derrama toda su sangre y agua. Jn 19,34

 

En este momento crucial de la historia, Jesús sigue llamándonos a ser «Mujeres de Corazón» que escuchamos el sueño de Dios para la humanidad. Nuestra pasión por la vida apostólica proviene de una profunda experiencia del Amor que despliega nuestra capacidad de amar. Nos impulsa la fuerza de este gran amor, cuidando y alentando nuestra vocación y la vocación de nuestras hermanas.

Como mujeres de esperanza y compasión, anclamos nuestras vidas en Aquel que es nuestro centro, sabiendo que Dios desea la plenitud de la vida para cada una de nosotras y para nuestro mundo. La vida interior es para nosotras fuente de fecundidad, gozo y vitalidad. Es el lugar donde se une lo humano y lo divino, el lugar de nuestro encuentro con Cristo resucitado, donde llevamos nuestras alegrías y dolores, y desde donde podemos pronunciar nuestro «sí».

Nuestra espiritualidad, el Corazón de Jesús, unifica el compromiso con el mundo y la experiencia contemplativa.  Dios está en la historia, allí descubrimos el rastro de su Amor, allí somos enviadas a manifestarlo. Nos apasiona lo que ocurre en el mundo, cada una de las manifestaciones de la vida,  donde están los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nuestra espiritualidad se encarna al convertirnos en ciudadanas de este mundo y revitalizar nuestra vocación a transformarlo con un sentido educador.

Nuestro horizonte no está en nosotras mismas sino en «los traspasados» (Juan 19). En el Evangelio vemos que el Reino de Dios tiene rostro humano: tiene el rostro del publicano y de la prostituta, del leproso y la mujer con hemorragias.  Como mujeres célibes, queremos centrar lo más radical de nuestro deseo en la construcción de una sociedad acorde a la dignidad del ser humano y del sueño de Dios. Queremos que, como a Jesús, los marginados y excluidos nos arrebaten el corazón.

Vivimos en comunidades con una vida sencilla e inserta, en una relación afectiva y efectiva con los pobres y vulnerables. Para nosotras rscj, esta llamada es fuente y fruto de la vida interior, y tiene su origen en el seguimiento de Jesús y su Evangelio.            

RSCJ. Dcto. Desplegar la vida. 2012

 

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