Filipina Duchesne

 

Mujer disponible, valiente y humilde  

Filipina, también estaba llena de ambigüedad y contradicción. Todas conocemos la historia básica: la manera en la que Filipina tuvo durante tanto tiempo el deseo intenso de llevar la "Buena Nueva" del amor de Dios a los nativos del Nuevo Mundo; su llegada al Nuevo Mundo cuando tenía más de 40 años y, como después de décadas de dificultades y desafíos administrativos y personales para poder abrir escuelas, finalmente y cuando ya había cumplido los 70 años, obtuvo el permiso para pasar un año con los indios de Potawatomi. Los Potawatomi la recibieron con un desfile de más de 200 guerreros montados a caballo. Estaban realmente encantados de que Filipina y sus tres acompañantes hubieran respondido a su solicitud de venir y ofrecer una educación de calidad a sus hijas. No importaba que Filipina fuera demasiado mayor para poder solo rezar y comunicar su amor a través de pequeños gestos. Las hermanas que trajo con ella y las que vinieron después, se quedaron allí durante casi 40 años, aprendieron las costumbres y, en algunos casos, el idioma de la gente. Estas mujeres, que eran de clases sociales y nacionalidades muy diferentes, vivían y trabajaban juntas como un solo cuerpo.

 

Pero hay otra parte de la historia de Filipina que, en realidad, es la parte más útil para todos los que estamos luchando por hacer elecciones morales en un mundo lleno de zonas oscuras. Filipina se adaptó al sistema de esclavitud y de racismo que encontró al llegar a Nueva Orleans. Hemos descubierto que la Sociedad del Sagrado Corazón tenía esclavos y no hay pruebas de que se les enseñase a leer y a escribir. Sin embargo, Filipina y otras Religiosas del Sagrado Corazón intentaron reunir a las familias de esclavos mediante la compra de algunos miembros de estas que habían sido vendidos a otras plantaciones. A Filipina Duchesne le entregaron una niña afroamericana, Liza Nebbit, cuando tenía solo 7 u 8 años, quien se llamó a sí misma la primera "niña de color del Sagrado Corazón". Sabemos también que Filipina pidió permiso para aceptar a niñas afroamericanas en los colegios y en el noviciado, pero Santa Madalena Sofía y el obispo local se lo prohibieron. Sin embargo, Filipina ayudó clandestinamente a una mujer libre de color que se llamaba Henriette DeLille a comenzar su propia congregación de hermanas en Nueva Orleans (Las Hermanas de la Sagrada Familia).

 

Nosotras, al igual que Filipina, tenemos que trabajar con la realidad en la que nos encontramos y tratar de equilibrar el daño que hacemos con los actos que abordan el daño de otras maneras. Filipina no abandonó la Sociedad o la Iglesia cuando tuvo que aceptar de ambos aquello que ella sabía, en su corazón, que no estaba bien. Humildemente decidió quedarse y encontrar la manera de ayudar a los esclavos afroamericanos que estaban a su cuidado. 

Filipina se nos presenta como ejemplo de colaboración. Cuando las circunstancias impidieron a Filipina aceptar a mujeres de color en la Sociedad, encontró una manera de apoyar a otro grupo que, a la larga, sería aún más eficaz para crear una acogedora comunidad religiosa para ellas.

Agradecemos hoy a Filipina por su disponibilidad, valentía y humildad para lidiar con los males de su tiempo y por buscar la manera de hacer el bien a pesar de hacerlo, en ocasiones, de manera incompleta e imperfecta.

Diane Roche rscj, 18 de noviembre 2018

Extracto Reflexión JPIC Misa Bicentenario 

Tagaytay, Filipinas 

 

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