Cruzando las fronteras… llegar “Hasta los confines de la tierra”

Publicado el 09 de septiembre de 2014    |   Por Graciela Pappalardo    | A la escucha del mundo

“LA SEÑORITA SANDRA”

 Así es como la llaman los niños y las familias en la escuelita de alta montaña donde es Di-rectora, Maestra, un poco madre, referente...

Sandra vive en la ciudad de Monteros, Tu-cumán, está casada, con tres hijos ya universitarios, y sube cada semana, haciendo cinco horas a caballo o mula, para llegar hasta el puñadito de estudiantes que esperan que asome entre los cerros de la yunga, y salen a recibirla entre ladridos de perros, cabras, vacas y caballos. Ella encarna la educación con el coraje y el amor suficiente, que la convencen de que se trata de un acto de justicia. Llena sus alforjas de cartulinas, de libros, colores, comida, de ropas y calzados, y se pone en camino. Atraviesa sus miedos, poniendo el cuerpo, cruzando los ríos que en verano se ponen peligrosos. Se detiene y reza, mirando el desbarranco donde murió un compañero maestro de otra escuela más arriba...

Es ella misma en cada lugar donde se mueve: coqueta, dedicada, amorosa, simple, comprometida y audaz. A las seis de la mañana enciende el fuego de la chimenea y prepara el desayuno para su grupo (porque los niños viven con ella durante la semana). Para quien no la conoce, quizás le sea difícil imaginar que si a las seis enciende la leña, a las 6,15 tiene los labios pintados, está impecable y sonríe como si hubiera dormido en tiempo de vacaciones.

En la mesa, están las tazas y el pan que ella misma amasó, horneó y todos disfrutan. Se reúne con sus niños para honrar a la bandera, y comienzan a estudiar: un pluri-grado y dos niños de nivel inicial. Por la ventana del aula, asoma lentamente el sol derritiendo las heladas de la noche, y las gallinas salen buscando calor. ¡Parece una pintura!

Ella tiene siempre alguna sorpresa para los recreos: un paquete de galletas, algunas golosinas, un juego... y los niños saben andar cerca suyo, porque aprendieron de los pollitos, que caminan detrás de las gallinas, esperando el bocadito especial que les procura la madre.

El patio de la escuela no se sabe dónde termina, puede que sea donde empieza el río, en la casa de Doña Alcira, o en el brazo del río que pasa junto al alambrado. Termina el tiempo de clase, y se preparan para comer. La señorita Sandra los mira, y come con ellos; han pensado juntos el menú semanal, y ella ha traído cada ingrediente en sus alforjas durante cinco horas de camino. Los niños también la miran, porque son las tres de la tarde, y mientras ellos juegan y se divierten libremente, ella hermosea la escuela con carteleras, nuevas ideas, o prepara algo rico para la merienda o el desayuno del próximo día. Y la miran también, porque sigue impecable, con los labios pintados, sus zapatos de plataforma y su sonrisa, incluso si hay que ir a juntar leña.

A la tardecita, es la hora del aseo personal y cada uno se prepara para eso. Hay agua caliente, que provee la energía solar, y todo lo necesario: jabones, shampoo, crema de enjuague, esponjitas, que también han venido viajando. Luego de la cena, la chimenea sigue ardiendo, y es hora de contar cuentos, decir trabalenguas, o hacer adivinanzas, hasta que les de sueño o la señorita Sandra diga: ¡hay que dormir!

Así transcurre la semana, luego otra vez a ensillar los caballos, recoger las alforjas vacías para volverlas a llenar, y hacer el camino de regreso a casa.

Graciela Pappalardo.

Boletín Entrelazando la Vida.

Argentina-Uruguay

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