De eso se trata

Publicado el 08 de julio de 2013    |   Por Pau Grillo, rscj    | A la escucha del mundo

Llegué al barrio acompañando a Inés Quiceno, rscj, una de las hermanas con las que vivo en la comunidad de Barranquilla. Ella visita a Edilma desde hace cuatro años. Edilma vive en el primer piso.

En una piecita junto a la cocina y al salón comedor. Allí almuerzan todos los días alrededor de 100 niños y niñas. Y los viernes, estudiantes de Trabajo Social y de Enfermería de la Universidad Simón Bolivar, llevan adelante proyectos de formación para las mamás.

La primera vez que fui,  luego de que los  estudiantes trabajaran con   ellas, pasaron a atender un asunto muy importante. El compañero de Silenes,   una de las mujeres del  grupo, había sido  apuñalado el miércoles anterior. Como él trabaja  como vendedor  ambulante, esta familia  vive con la plata diaria  que él pueda llevar a su  casa. Al estar  recuperándose, no puede  salir a trabajar, entonces, estas mujeres estaban preocupadas por cómo iba a sustentarse esta familia. Enseguida empezaron a conversar sobre cómo ayudar.

Todas viven con lo justo, y muchas no podrían alimentar a sus hijos si no fuera por la ayuda del comedor. Pero a pesar de las dificultades propias, todas tenían en claro que no podían dejar a Silenes sola. Así seguían contando lo grave de la situación, y mientras se ponían de acuerdo si les colaboraban con dinero o mercaderías, una de ellas alzó la voz: -¡Compañeras!, yo les quiero decir que la plata no es todo. A veces, lo que una necesita es que le vengan a preguntar cómo  está. Porque lo que una vive es tan duro, que necesita con quién desahogarse y eso vale más que toda la plata junta…

 Algunas de las mujeres respondieron con énfasis:

-Bueno, pero también tienen que comer.

Ella insistió:

-Sí, pero a veces, más que comer, una quisiera sacar pa´fuera lo que está cargando adentro.

 Edilma intervino con su autoridad de abuela sabia:

-Bueno, las dos cosas son importantes. Tal  vez las más amigas tendrían que acercarse para ver si ella necesita hablar, y las demás nos organizamos para colaborarle con las compras.

Entonces, otras compañeras comenzaron a contar que el día anterior habían ido a visitar a Silenes y se encontraron que, además de lo que estaba viviendo, se le había estropeado el ventilador y se había cortado la luz, ya que el viento fuerte de la tarde anterior había sacudido los cables, con tan mala suerte que justo se desconectó el de la casa de Silenes. Y ahí se fueron sus compañeras a buscar a un hombre que se animara a trepar al poste para volver a conectar el cable, ya que Silenes no se podía mover de su casa porque estaba cuidando a su esposo y a sus hijitos. Le pregunté a Inés si podíamos ir a visitarlos. Y ahí nos fuimos. Yo esperaba encontrarme con una señora y un hombre mayor, y me encontré con una pareja jovencísima! Silenes nos hizo pasar a su casita y llegamos hasta el cuarto donde estaba su compañero, Wilfrido, un joven delgadísimo, con una mirada profunda de niño. Nos recibió con amabilidad y nos fue contando lo que le pasó. Lo había  apuñalado un hombre resentido con él, que lo venía amenazando hacía rato, porque no quería darle plata.

La habitación no tenía ventanas, pero ya le habían conseguido un pequeño ventilador para aliviarlo del calor. Al pie de la cama estaba su hijita, dibujando para él. Pese a todo, ninguno de los tres había perdido su  sonrisa.  Con Inés les dimos  una bendición y nos comprometimos a  rezar por ellos. Al   despedirme, lo tomé de las manos con  mucha ternura, sin  poder  pronunciar palabras. Él me miró con esos ojos  transparentes de niño y me dijo: ¡Gracias,    señito!  Llevo su mirada   grabada en mi corazón hasta hoy.

 Este viernes volvimos al Hogar Claret. Las estudiantes de trabajo social habían preparado una celebración para las mujeres por el día de la madre. Y ahí llegó Silenes, sonriente, alegre, haciendo bromas, como es su costumbre. Cuando pude, me acerqué a preguntar cómo iba todo. Me dijo que Wilfrido estaba mejor y sonreía de oreja a oreja. Vi que tenía una planilla en la mano, así que le pregunté de qué se trataba eso. Me contó que estaba organizando la rifa de un pollo para juntar unos pesitos. Aproveché para comprar unos números y otra vez desearle la bendición de Dios. Ella no paraba de agradecer.

Entre las mujeres también estaba la compañera que me había dado una lección de humanidad la semana anterior. Este viernes también compartió con muchísima hondura una vivencia personal. Me acerqué a ella para saber su nombre. -Edilsa, para servirle- me respondió.

-Edilsa, lo que compartiste me hizo mucho bien. ¡Gracias!- le dije. Y con la misma convicción con la que compartió, me dijo: -De eso se trata, seño. De eso se trata.

El Hogar Claret se va convirtiendo en un lugar sagrado para mí. Estas mujeres me están enseñando a rezar la vida como es…

En medio de tantas dificultades económicas y de violencia y maltrato, han hecho de este espacio su oasis, donde van compartiendo sus angustias y esperanzas, donde se van sosteniendo unas a otras para ponerse de pie.

Esto me confirma una vez más que estamos llamadas a cuidar y promover estos espacios de encuentro, donde cada una puede expresar su palabra y el caudal de vida que estoy siendo testigo de profundos relatos de resurrección, y creo que esa es la buena noticia de ser parte de una comunidad: reconocer al Dios de la Vida actuando en cada una, en cada uno… Compartir nuestro paso de la muerte a la vida nos une en la fragilidad y nos va hermanando en el camino…

¡Gracias, Edilsa! ¡Gracias, Silenes! ¡De eso se trata!

(Texto tomado con autorización de la Revista "Entrelazando La vida" de las Religiosas del Sagrado Corazón de Argentina-Uruguay)

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