Desde la Esperanza al Advenimiento

Publicado el 25 de noviembre de 2010    |   A la escucha del mundo

En la Iglesia también los cristianos vivimos este espacio de espera conectado al tiempo litúrgico del adviento, tiempo que comenzaremos a vivir este domingo 28 de noviembre, de unas cuatro semanas de duración, que precede a la navidad y evoca la venida del Señor. Por ello, el significado de este concepto se traduce como “presencia”, “llegada”, “venida”. En el Antiguo Testamento el adviento dice relación a la espera o esperanza en Yahvé, es comprendido como la actitud del hombre que experimentando la noche, espera el acontecimiento correspondiente a la irrupción de la aurora, en otras palabras... esperar a Yahvé significa esperar su intervención salvífica. Esta actitud se encuentra conectada para el israelita piadoso en la confianza puesta en Dios. En el Nuevo Testamento el adviento se encuentra relacionado con el tiempo de la gracia, manifestada y gratismente dada en la encarnación: el Hijo de Dios hecho hombre. Es la experiencia totalmente inusitada en la historia de las religiones, de un Dios omnipotente, inefable que se hace niño –fragilidad humana- en la cuna, en Belén. Con esta expresión “adviento”, se nos invita a vivir un tiempo de interioridad, mirar hacia nosotros mismos, detenernos para contemplar aquello que permanece oculto en nuestros corazones. Es el tiempo del silencio -como dirán los místicos- tiempo de “contemplación”. El adviento nos invita a captar aquello que es esencial: una presencia, el Dios que nos ama, que nos ampara. Si miramos retrospectivamente en este año del Bicentenario, varios acontecimientos nos invitaron a vivir un tiempo de espera: El terremoto que azotó nuestra tierra nos dejó conmovidos, nos hizo plantearnos la pregunta por el sentido del dolor y del sufrimiento. ¿Si Dios nos ama por qué permite el mal? es la reflexión de la teodicea cristiana, llevada a su extremo en el libro de Job: es incompatible pensar en un Dios injusto. El mensaje de las Sagradas Escrituras es claro: ¡Dios es inocente! Dios ama al hombre le ha creado en un orden salvífico. Por ello, la historia bíblica dará cuenta reiterativamente que Dios ama al hombre y no es responsable del mal. En el norte de Chile, 33 mineros quedaron atrapados en la profundidad de la mina San José. Este acontecimiento contiene reminiscencias de aquel tiempo que experimentó el profeta Jonás durante tres días en el interior de una ballena. Ésta lo había devorado, posteriormente lo arroja a tierra y entonces Jonás entiende la misión que se le había encomendado: predicar la salvación a Nínive. Todo el país ha sido testigo que las situaciones límites en un ser humano nos cambian el modo de mirar el mundo. Los mineros regresaron a casa, los rudos hombres escribieron prosas de amor y nos recordaron qué es lo esencial. En el sur de nuestro país, 34 comuneros Mapuches mantuvieron una extensa huelga de hambre. Las peticiones a las reivindicaciones de los pueblos originarios nos hizo plantearnos y reflexionar en torno a profundos conceptos: ¿qué es lo justo?, equidad, tierras, ley antiterrorista, entidad, diálogo... este tiempo de espera nos posibilitó reflexionar en torno al tema de la convivencia, el diálogo intercultural, el valor de la vida humana, el Chile que queremos. En el ámbito de la vida privada el tiempo de adviento nos invita a mirar el corazón, entendido en su raíz hebrea como leb: centro interior del hombre, en el que se imprimen y desde donde irradian las operaciones sensitivas, afectivas, electivas y cognoscitivas. Entonces, desde el corazón del hombre podemos comprender ¿quién es? La pregunta por el “otro” es insustituible. Soy en la medida que amo, que me dono, que acojo. Soy apertura. Adviento nos recuerda que el amor es don y tarea. En síntesis, a la luz de la fe podemos leer en estos acontecimientos una particular experiencia de Dios, del adviento que llega a nosotros. De una visita de Dios, que anhela liberar al hombre del mal, de la soledad, de una tierra fracturada para transformar ese dolor en un lugar de encuentro con El. Que el adviento nos saque de una actitud resignada, del fondo de la tierra, nos ponga en marcha como en Emaús, que nos haga permanecer en vela como nos lo recuerda el evangelio de Mt 24,37-44: “por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor”. Espera y vigilia son elementos comunes que nos preparan a la venida del Señor. Entonces recemos juntos a San Pablo, pues “lo que ahora se ama creyendo y esperando, entonces se amará viendo y poseyendo” según Rom 8,25. Este es el gran alcance teológico del adviento, en cuanto el hombre ha sido llamado a participar del amor. Dra. en Teología Eva Reyes. Departamento de Teología. Universidad Católica del Norte. comentar

Comentarios

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comillas la esperanza de la paz ... la esperanza del amor... cambia la mirada del hombre. comillas

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comillas Este es un tiempo que nos da a todos, hombres y mujeres, la actitud de madre. comillas

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comillas La espera es una oportunidad... comillas

CaterinaPublicado el 13 de diciembre de 2010 a las 18:46:53

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