Inicio al Año Santo Jubilar de la Misericordia, 08 de Diciembre del 2015

Publicado el 06 de diciembre de 2015    |   A la escucha del mundo

¿JUSTICIA O MISERICORDIA?

“Misericordia quiero y no sacrificios”, dijo el Señor en la Biblia, hace casi tres mil años. “Este es el año de la misericordia”, nos dice el Papa Francisco en nuestros días. Pero, ¿es posible, es deseable la misericordia en nuestro tiempo, en un mundo que clama por justicia? ¿Es lógico, aún en una perspectiva de bondad, dejar de castigar al culpable, olvidar agravios y delitos, dar una segunda – o una tercera oportunidad – aún a aquellos endurecidos en su odio y su maldad?

La misericordia es el sentimiento de compasión,  de solidaridad con nuestros enemigos y adversarios. Su base es la humildad: reconocer que nosotros no somos mejores que ellos y que también late en nuestro fondo una chispa de odio, malignidad y delincuencia. La expresión exterior de la misericordia es la clemencia, una actitud que nos inclina a perdonar y a olvidar para mejor perdonar; a restaurar en nuestro corazón la simpatía, la amistad, la benevolencia hacia quién nos ofendió, nos hirió, nos asesinó. ¿Es  posible ser misericordioso? ¿Qué nos dice el evangelio de Jesucristo, norma ética suprema de verdad y de justicia para el cristiano?

De los cuatro relatos evangélicos que poseemos, el que se destaca por  su insistencia en la misericordia es el de San Lucas. María la Madre de Jesús canta la misericordia de Dios sobre todas las generaciones (Lc 2: 50) Y si bien ella, como fiel israelita podría restringir la clemencia divina al pueblo elegido, su divino Hijo la extendió a todos los hombres y a todos los pueblos. Ya el anciano Simeón afirma que la salvación de Dios está preparada “para todos los pueblos” y, por ende, para cada individuo humano, en una perspectiva de inclusión que anticipa la doctrina católico romana del Papa Francisco.

Según Lucas, las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret cuando afirma que Dios ha preferido socorrer a un sirio y a una fenicia antes que a ningún judío estuvieron al borde de provocarle un linchamiento al inicio de su misión. ¿Cómo podría Dios preferir a un hijo del pueblo predilecto, antes que a uno de los gentiles, enemigos suyos? ¿Acaso la nueva doctrina del carpintero hijo de José no parecía contravenir la justicia de Dios?

Esta predicación clemente de Jesús se extiende también a sus gestos: dejarse tocar  y dar el perdón y la paz a la prostituta del pueblo (Lc 7:47); llamar como discípulo y apóstol a Leví, el publicano traidor (Lc 6:27-32). Gestos corroborados por sus palabras inauditas:”Amen a sus enemigos; hagan el bien sin esperar recompensa… como Dios que es bueno con los perversos” (Lc 6, 35).

Jesús “se admiró” de la fe del enemigo, el centurión romano (Lc 7,9); accedió a la súplica de los porquerizos paganos de Gerasa e inclusive a la de los mismos espíritus malignos (Lc 8: 31-32) Las tres parábolas justamente llamadas de la Misericordia del capítulo 13 de Lucas son el clímax de su predicación y de su actitud misericordiosa. La alegría de encontrar la oveja perdida, la dracma perdida y los dos hijos perdidos son el fruto de la paciencia y de las entrañas de misericordia del Padre Dios hacia todos sus hijos e hijas – todas las criaturas, inclusive plantas,  animalitos, aire y agua, según el Papa Francisco – que Dios tiene con todos los seres creados.

La misericordia de Jesús llega a su culminación en la cruz. Allí se compadece, ama y perdona a sus enemigos judíos que injustamente le han llevado a la ignominia y a la muerte. Y como una especie de signo sacramental de su universal misericordia perdona al  bandido crucificado a su derecha: el primer “santo” de la Iglesia de Cristo, que ese mismo día ingresó triunfalmente al cielo en pos de Jesús, su hermano y maestro. (Lc 23,34 y 39-43)

¿Justicia o misericordia? ¿Castigo o clemencia?  No hay verdadera oposición. La justicia sin clemencia puede encubrir la satisfacción de la cruda venganza. La pura clemencia, en un mundo aún corrompido por el mal, acarrearía la impunidad y la persistencia del delito. No somos capaces, por ahora, de conciliar el dilema. Creemos que Jesús volverá y entonces, “la paz y la justicia se besarán”. ¡Venga, Señor, Tu Reino de Paz, de justicia y de amor!

Fuente:

Sergio Elizalde B., S.J.

 

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