La vida tiene forma de Triduo.

Publicado el 07 de abril de 2017    |   Por Pbro. Eduardo Mera Quintui    | A la escucha del mundo

El Triduo Pascual marca los días más importantes de nuestro año litúrgico. Es la celebración más importante para los cristianos. Celebramos no solo a un hombre  muerto sino a Jesús, el Resucitado.

Cuando era pequeño ignoraba qué significaba la palabra “triduo”, y como hacen muchos niños frente a términos desconocidos y con apariencia de poco importante, simplemente me desentendía de ello. En consecuencia asociaba celebración de Semana Santa solamente con el Domingo de Pascua (Probablemente los huevitos de chocolate ayudaban a esto).
Cuando fui creciendo y alguien me enseñó que “triduo” sonaba a tres y que por tanto se refería no sólo al domingo, sino también al viernes y al sábado (inclusive la Ultima Cena del jueves en la tarde) me pregunté si era legítimo celebrar los sufrimientos de Jesús antes de morir en la cruz; Es más, ¿Por qué los cristianos debíamos celebrar su muerte y la soledad de saber que Jesucristo ya no estaba con nosotros?
Estas preguntas las llevaba guardadas en mi interior y no intentaba resolverlas porque intuía que no tenían fácil respuesta. Alguien me dijo que podíamos celebrar, porque a pesar del dolor que nos evocan tales hechos sabíamos que el Señor había resucitado y eso cambiaba todo. Por un tiempo le di vueltas a esto, pero no podía ser toda la respuesta. Ciertamente puedo vivir alegre un viernes sabiendo que me espera una gran fiesta el domingo, pero celebrar es algo más denso, más comprometedor.
Es poner el cuerpo y la vida entera en el mismo lugar y en el mismo día de lo que estamos celebrando, con los invitados y la música que tocan para esa ocasión.


Fue entonces cuando un cura amigo me enseñó que la liturgia, que siempre celebra a Jesucristo, no es otra cosa sino el reflejo de la fiesta eterna que hay en el Corazón de Dios.
Con estas palabras se me abrió el entendimiento y pude comprender que los cristianos no solo celebramos cuando nos brota espontánea la alegría, sino también celebramos la eterna donación y el eterno recibir que hay en el Corazón de Dios. Comprendí que una fiesta es mucho más que música viva y rostros felices. Una fiesta tiene también la música solemne de la entrega, del dar la vida por el otro, de regalarla toda entera, y de volver a recibirla cuando ya creíamos haberla perdido.


Este último tiempo he vuelto sobre esto y he pensado que la vida nuestra y la de tantos hombres y mujeres que han pasado por la historia tienen forma de “triduo”. Con pasajes que huelen a viernes santos con sus dolores, desgarros y llantos; también hay otros como el sábado con sus soledades infinitas, con la angustia de sentir que el Señor ya no está con nosotros; hay otros que tienen ese gusto a Domingo de sol, cuando la luz brilla para recordarnos que toda muerte ha sido vencida, que todo lo muerto que hay en nosotros ha vuelto a la vida, y que por eso podemos vivir siempre alegres.

El Triduo Pascual es celebrar a Jesucristo en los momentos más álgidos de su existencia, a esa celebración podemos unir nuestra vida. Es la oportunidad de alabar y bendecir a Dios porque nuestro corazón está vivo y mientras siga latiendo tiene una oportunidad para entregarse.


Celebrar el Triduo Pascual es aprender a vivir la vida en toda su plenitud aceptándola con sus días hermosos y con otros difíciles, con luces, oscuridades y contradicciones, con lo nuestro y lo de todos los demás. Al celebrar nos unimos a otros que pueden estar en un momento difícil, y entre todos nos ayudamos a “pasar”. Celebrar estos días es recordar que los momentos malos no se quedan para siempre, y que los buenos siempre pueden volver a llegar.
Jesucristo es siempre el primero, es Él quien nos enseñó a “hacer pascua”; a “pasar” de la muerte a la vida. Y deseamos aprender porque desde que fuimos bautizados nuestra vida con Él  la vivimos en “triduos”. Estamos marcados para siempre con su suerte.


Y ahora podemos vivirla en plenitud y con esperanza sabiendo que llegará el domingo, que ninguna muerte y oscuridad tiene poder sobre el hombre y la mujer porque Jesucristo las ha vencido y puede con todas ellas.
Él es nuestro gozo y también nuestro infinito consuelo. En sus heridas reconocemos las nuestras, estamos en estrecha comunión y esta realidad es la alegría de su corazón.
La fiesta eterna que en Él habita ha sido derramada en nuestras manos, en nuestros ojos, en nuestro corazón y nos hace florecer la vida, nos da una sabiduría especial que nos permite vivir en paz en un mundo agitado.
¡Vivamos juntos el Triduo, el dolor, el gozo, la espera, de Jesucristo, de nosotros y de todos los hombres y mujeres de este mundo!

Fuente:
Pbro. Eduardo Mera Quintui

 

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