LO QUE EL ESPÍRITU NOS SIGUE DICIENDO.

Publicado el 23 de octubre de 2012    |   Por Hna. Sofía Baranda F. rscj.    | A la escucha del mundo

LO QUE EL ESPÍRITU NOS SIGUE DICIENDO

  Sofía Baranda Ferrán  rscj.    Santiago, 06 de octubre de 2012

Gaudium et Spes N° 93:

“Los cristianos, recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos que son mis discípulos, en el amor mutuo que se tengan” (Jn13,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy.  Por consiguiente, con la fiel adhesión al Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el último día.  No todos los que dicen: “¡Señor, Señor!”, entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra…”.

 50 Años del Concilio Vaticano II.   Con la Fuerza del Espíritu de Jesús

Escuchen, que viene por las calles, la Iglesia de las grandes y pequeñas procesiones…el pueblo de la Iglesia sin puertas, la Iglesia ancha de las cien mil ventanas… Esteban Gumucio

Queremos celebrar los 50 años del Concilio que abrió puertas y ventanas. Celebrar un acontecimiento vivificador para la Iglesia y el mundo, un soplo del Espíritu de Jesús, bajo la figura del Papa Juan XXIII y tantos y tantas que se comprometieron con el Reino de Dios…

Esta es la invitación que recibimos y los que estamos aquí hemos respondido a ella.  Sorprende la capacidad de convocatoria que ha tenido el aniversario de este acontecimiento, los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II.  Hoy, cuando la Iglesia está frágil, está sufriendo, y más que nunca muestra su ambigua humanidad compuesta por  sabiduría y ceguera,  buenas intenciones  e incoherencia,  pobreza y ansias de poder.  Estamos expuestos y expuestas a exigentes confrontaciones desde el interior de la misma Iglesia y desde la opinión pública.  La sentimos temerosa, desalentada, avergonzada…

  1. I.                    Escuchar el mensaje del Espíritu a las iglesias

Como en los principio de la Iglesia, podemos escuchar en el libro del Apocalipsis que el Espíritu la reprende y corrige:  

Perdiste el amor de antes , date cuenta de dónde has caído, arrepiéntete y  vuelve a tu conducta primera. Estás muerta, no he encontrado tus obras llenas a los ojos de Dios, ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir… Eres tibia, ni eres ni fría  ni caliente. No te das cuenta de que eres una desgraciada, digna de  compasión, pobre, ciega y desnuda… Sé ferviente y arrepiéntete, mira que estoy a la puerta y llamo… 

Dios Espíritu corrige a su Iglesia porque la ama y después de cada reproche se acerca con una promesa de VIDA completa, para siempre: Al vencedor le daré a comer el árbol de la vida que está en el Paraíso de Dios .

Al que es fiel hasta la muerte le daré la corona de la vida, el vencedor no sufrirá daño de la muerte.

Al vencedor le daré el Lucero del alba (el que anuncia la vida que renace).

Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono.

También hoy, cuando como Iglesia experimentamos la ceguera, la desnudez y la pobreza, escuchamos una promesa que atraviesa por nuestro dolor, nuestra decadencia, nuestra vergüenza.  Y, humildemente,  queremos celebrar esa promesa que nos resuena en el Vaticano II y que el Espíritu, que es fiel y que siempre ha conocido nuestro barro,  nos sigue haciendo.  Queremos recordarla, admirarla, agradecerla, revivirla, prolongarla…

Nos hace bien hoy recordar cómo actúa el Espíritu y su poder para conducir la historia y cambiar las estructuras muertas.

Queremos agradecer los cambios que devolvieron a la Iglesia al Evangelio y al anuncio del Reino 

Confirmarnos mutuamente  en que el  Jesús que hemos conocido en el Evangelio es camino, sentido, luz,  pan de vida y agua viva para todos.

Revivir y prolongar la gracia del diálogo, de la apertura, de la reconciliación, de la sed de Reino,  de la alegría que este acontecimiento regaló a nuestra Iglesia y que, a través de ella, introdujo también en la historia de la humanidad entera.

Estamos recordando un momento único de la Iglesia que ha tenido grandes consecuencias. Después de siglos de concilios y sínodos de obispos que concluían  emitiendo decretos con prohibiciones, obligaciones y condenas,  en un espíritu de eterna Contrarreforma, especialmente desde el Concilio de Trento en 1545, en el Vaticano II la Iglesia abandona la postura defensiva,  reconoce los valores de la modernidad y permite que aflore una nueva conciencia de Iglesia.

El concilio anterior,  Vaticano I, realizado casi 100 años antes  (1869-1870),   fue convocado para enfrentar el racionalismo y galicalismo (tendencia nacionalista de Francia respecto a Roma y el papa del siglo XIX), se disolvió repentinamente por la guerra franco-prusiana y  sólo se llegó a publicar las Constituciones Dei Filius sobre la relación entre la fe y la ciencia y Pastor aeternus, sobre el poder de jurisdicción del papa y  su infalibilidad doctrinal.  Más adelante ningún otro papa lo re-convocó para terminarlo.  Esta Iglesia era la del latín, de la misa de espaldas a la comunidad, de los velos y ayunos, del pueblo sin Biblia en sus manos, la Iglesia de los hábitos largos y las casullas de oro, de la  condena al no creyente y al cristiano de otra iglesia, la Iglesia que sospechaba de sus exégetas y teólogos,  encerrada en sus apologías y ajena a los cambios de la modernidad,  la Iglesia de la cristiandad.

El año 1962 la Iglesia se reúne para renovar su misión y su relación con el mundo y lo hace desde la dinámica con la que Dios mismo se pone en relación con nosotros, la dinámica de la encarnación:  “Así como mi Padre me envió, yo los envío a ustedes…”.  Dios envió a su Hijo como servidor, no para que condene sino para que dé vida; lo envió pobre, sin  poder para defenderse, no lo envió como  sacerdote ni rey,  ni como escriba ni filósofo, lo envió como hermano… “para que sea el primogénito entre muchos hermanos” (Hb).

El mensaje que cruza todos los documentos del concilio es el diálogo y la dignidad humana.   Jesús  en la encarnación, supera la ley y suprime la separación entre lo sagrado y lo profano,  se pone en actitud de escucha, acogida y respuesta.  Su misión surge y se realiza como un diálogo que lo expone a El mismo por completo.  La Iglesia siente el llamado de hacerse signo, luz, vocera de este Dios que dia-loga con cada hombre y mujer, con la historia y la cultura y hace de la humanidad su sacramento.  Así vuelve la Iglesia a comprender su modo de estar en el mundo, se expone nuevamente al diálogo con él y a dejarse afectar por las preguntas y búsquedas de todos los hombres y mujeres, de todos los pueblos y culturas, se abre a escuchar sus gritos y sus esperanzas …  y esto la remece hasta hoy.

  1. II.                  Desinstitucionalización de la religión

La evolución que ha vivido la Iglesia a través de los siglos no es extraña en la historia de las instituciones  que creamos los seres humanos.

La institución la forjamos para organizar, formalizar, visibilizar y dar permanencia a una experiencia, a un proyecto con sus valores y su visión, a un estilo de vida.  Jesús no nos dejó instituciones, él nos dejó un evangelio, una buena noticia, que fue su vida entregada y su Espíritu… Los que lo acogemos nos vamos sumando a esta asamblea, comunidad, familia cristiana.  Pero no son las estructuras, los ritos, la doctrina lo que nos ha convocado ni lo que nos hace sentirnos hermanos y hermanas;  las formas no alimentan nuestra fe común, sino el Evangelio, Jesús mismo.  Todo  está al servicio de Jesús, del Evangelio, del Reino.

En su desarrollo histórico las instituciones  tienden a ahogar la experiencia original hasta reemplazarla  haciéndose ella misma como institución su fin y esto las corrompe, las desvirtúa.   Entran en crisis porque pierden su sentido, parecen muertas y no dan vida, dejan de ser signo y pasan a existir para sí mismas.   En la historia de las religiones  también sucede así  y llega el tiempo de morir, de arrancar, de destruir, de rasgar, de desarmar, de desprenderse, de desechar… (Ecle 3).  Es el proceso de la desinstitucionalización de la experiencia religiosa, el camino que la lleva de vuelta al corazón, a lo esencial, al ser humano.

El pueblo judío tiene experiencia de esto: cuando habían olvidado la alianza y menospreciado las promesas, cuando su corazón se hizo de piedra y desapareció la compasión, cuando los pastores no llevaron a sus ovejas a pastar ni las protegieron de los enemigos,  cuando los profetas mintieron por miedo, cuando se abandonó a la viuda, se abusó del huérfano y se explotó al extranjero, cuando se mató a los profetas , cuando el pueblo añoraba ser como los otros imperios…  su templo, su sacrificio, sus leyes religiosas se “prostituyeron”,  en el vocabulario bíblico.  Las formas terminan ahogando el fondo, el rito desplaza la relación… la institución ya no le sirve a Dios para encontrarse con la mujer y el hombre,  ya no le sirve a la mujer y al hombre para llenarse de Dios.   Y cuando la institución religiosa pierde sentido , el pueblo se queda sin tierra, sin templo, sin arca, sin sacrificios, sin sacerdotes,  sin visiones, sin profeta que hable en nombre de Dios, sin mediador.  En el exilio,  en el desierto el pueblo debe aprender a vivir su relación con Dios, a escucharlo y ser fiel, sin pasar por ninguna institución religiosa.  Cuando sólo quede Dios y el hombre y la mujer, entonces volverán a ser virgen. 

Ez  24, 15ss :  La palabra de Yahvé se dirigió a mí en estos términos:  “Hijo de hombre, mira, voy a quitarte de golpe el encanto de tus ojos…  Di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahvé:  he decidido profanar mi santuario, orgullo de vuestra fuerza, encanto de vuestros ojos, pasión de vuestras almas. Vuestros hijos y vuestras hijas que habéis abandonado, caerán a espada… Y tú , hijo de hombre, el día en que yo les quite su apoyo, su alegre ornato, el encanto de sus ojos, el anhelo de su alma, sus hijos y sus hijas, ese día llegará donde ti el fugitivo que traerá la noticia… Cuando esto suceda, sabrán que yo soy el Señor Yahvé.

Dios nos va despojando de las instituciones:   Jesús lo dijo a la samaritana, “llega el día en el que no se adorará al Padre ni en este monte ni en Jerusalén… los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…” (Jn 4,21s). También Pablo en su carta a los romanos “…el culto espiritual  consiste en ofrecernos nosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”  (Rm 12,2s).

Es la experiencia de la transfiguración de Jesús que viven los apóstoles:  Jesús  se revela como mayor que Moisés y Elías… El es el Hijo Amado a quien debemos escuchar…  No hay otro.

Sólo queda Jesús, no hay templo, no hay ley, no hay sacerdotes, no hay ritos ni sacrificios…

Hb 1, 2ss   “En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas.  Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también había creado los mundos y las edades. El es el reflejo de su gloria, impronta de su ser, él sostiene el universo con la palabra potente de Dios…”.

Somos de Cristo, vivimos ahora para Cristo, le pertenecemos…  No hay otro.

En la carta a los Hebreos se nos presenta a  Jesús como el Sacerdote, el Altar, la Víctima… el único mediador. Lo mismo el libro del Apocalipsis (cap 21) nos habla de Jesús como el Santuario, la Lámpara, el Cordero…   Jesús mismo, en el evangelio de Juan, se presenta como el Camino, la Verdad y la Vida, él es el Pan, el Agua viva, él es la Resurrección…

Cristo  supera todas las instituciones religiosas, todos los ritos, todos los sacerdocios, todas las categorías morales. Cuando Cristo sea todo no habrá ley.

Todo debe caer para que quede sólo él. Nuestra fe no se apoya en nada ni nadie más, no tiene otro fundamento.

Cada vez que en la historia reducimos a rito nuestra relación con Dios, cada vez que nos conformamos con el culto y dejamos de seguir a Jesús,  cada vez que su Palabra la pronunciamos como un decreto, que su Reino lo imponemos como una doctrina… Dios volverá a despojarnos de esa falsa “religión”  para volver a revelarnos su verdadero rostro de padre y madre, misericordioso y clemente, que todo lo llama a la vida…

El acontecimiento del Vaticano II fue un tiempo de gracia, de desinstitucionalización de la Iglesia, en el que cayeron formas y decretos que amenazaban con reemplazar  el evangelio,  la Iglesia se despojó del poder del que se había revestido para volverse al mundo como su servidora;   se despojó de su discurso,  para hacer silencio  y escuchar las preguntas, los dolores y las esperanzas del mundo. 


  1. III.                Renovación:  vuelta al evangelio

Finalmente, la invitación del Concilio Vaticano II no es otra que la de volver al Evangelio de Jesús:

La buena noticia de que el Reino de Dios está cerca, que ya está en nosotros, en el mundo;

La buena noticia de que el hombre es más importante que el sábado;

De que los pobres, los ciegos, los cautivos… reciben la visita de Dios y se llenan de gozo;

De que la vida venció y ya no tememos más  a la muerte.

La buena noticia de que el pan se multiplica para los hambrientos, de que las mujeres postergadas pasan a ser las primeras testigos de Cristo resucitado, de que un samaritano entiende y practica la ley del amor…

La buena noticia de que podemos tocar, ver y oír a Dios en el que está enfermo, solo y con frío.

La buena noticia de que el camino a Dios no pasa por los sacrificios sino por la misericordia.

La buena noticia de la bienaventuranza de los pobres, de los que trabajan por la paz y de los perseguidos por causa de Jesús.

La buena noticia de que los mansos y humildes de corazón y los que tienen hambre y sed de justicia, poseen el Reino de Dios.

Estamos celebrando el Vaticano II porque fue un acontecimiento del Espíritu que nos  puso de nuevo en el camino del Evangelio, del mandamiento del amor, del seguimiento de Jesús .

Antes de terminar quiero traer hasta aquí la oración con la que Juan XXIII pide a la Iglesia entera unirse al Concilio:

   “Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés, y concede que la Iglesia santa, reunida en unánime y más intensa oración en torno a maría, Madre de Jesús, y guiada por  Pedro, propague el reino del Salvador divino, que es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Así sea.”

Del documento de la Convocatoria n° 21

El Espíritu sigue diciendo a las iglesias: Date cuenta de dónde has caído… ponte en vela… sé ferviente…

¡ El que tenga oídos  oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias ¡

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Comentarios

comillas Gracias Sofi por esta reflexion, aun que tarde el comentario, pero hace tanta falta que nos renovemos en Espíritu y refundemos la iglesia sencilla , comunitaria iluminada por la palabra del señor Jesús comillas

Ale LucoPublicado el 23 de enero de 2013 a las 20:31:27

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