Mujer Apóstol

Publicado el 31 de julio de 2019    |   Por Zulema Lobos, coordinadora de la comunidad eclesial de base “Sagrado Corazón”    | A la escucha del mundo

Me llamas Señor a ser apóstol y sabes que es mucho para mí

quisiera un día yo seguirte y es mucho lo que tengo que dejar.

    Ven y sígueme, no esperes más, yo junto a ti siempre estaré

    no temas que palabras tengas que decir, Yo por tu boca hablaré.

Por qué te fijas en mi persona, habiendo otros más fuertes que yo,

dame Tú la fuerza y valentía, dame Tú la vida y la fe.

 

La primera piedra de la nueva capilla del Sagrado Corazón fue un trabajo largo, un sueño que ahora ya está comenzado. Ese día se estaba haciendo realidad y estábamos allí todos los que habían sembrado la semilla. Yo pensaba también en el gran trabajo de la hermana Inés (Nené), mi gran amiga y consejera, que ha sido la que más ha peleado por esta construcción. Ha sido un apoyo grande para todos los que han participado desde el comienzo.

El próximo paso es traer gente que quiera comprometerse. Ahora las personas no quieren comprometerse, y no es tanto por los problemas que tenemos en la Iglesia Católica, es que no tienen tiempo o no pueden. Por lo mismo, a mí me costó hacer mi compromiso. Lo hice a principios del 2011, el de estar en el altar, aunque también a veces quise salirme por los problemas de la capilla. Yo no era de la Iglesia, pero siempre me enseñaron el respeto a Dios y que lo mejor es para él, para su casa.  Tenía miedo de no cumplir, por tener que cuidar a mis padres, no poder asistir a todos los cursos.

Me sirvió para acercarme a Dios y llevar con él mis penas y alegrías, sobrellevar mis dolores gracias a su cercanía. Tengo la esperanza de que estando cerca de Dios podré encontrarme nuevamente con mi madre y mi hermana que ya partieron a la casa del Padre. Sé que esto llegará a ser, y mientras tanto, quiero ayudar a quien necesite y como yo pueda hacerlo, a veces trabajando para darle al otro lo que puedo, siendo realista, sabiendo que no siempre puedo darle todo lo que necesita.

Sé que Dios me quiere por todas las bendiciones que me da: mis padres, mi compañero, mis hermanas y hermanos, mis sobrinos, la gente que me demuestra su confianza y cariño, este lugar donde vivo y en el que puedo trabajar con la tierra, mis pollos…

Ahora el Señor me ha puesto el desafío de ser coordinadora. Para mí coordinar no es mandar y espero que los demás entiendan así también. Lo acepté como algo que Dios me puso. Ahora busco quien puede hacer el servicio del altar.

Estamos viendo con la otra coordinadora y la hermana Inés, cómo vamos a caminar como comunidad. A veces es difícil porque no vienen a reuniones los del consejo. Aparte de lo que está pasando en la Iglesia, las personas que ensucian la religión, a la gente le cuesta comprometerse.  Pienso que es como en una familia, cuando un miembro de la familia falla, no se desarma toda la familia. Hay que unirse más para salir adelante, sin tapar el problema. Quisiera decirle a la gente que vamos a la Iglesia por el Señor, es a él a quien vamos a darle cuenta, no a los sacerdotes. Es Dios el que está con los pobres, enfermos y necesitados, allí lo vamos a buscar, allí el quiere que nos encontremos con él.

Cuando ya tengamos la nueva iglesia me pregunto ¿cómo nos vamos a manejar? No quisiera que estuviera vacía. No necesitamos que la capilla esté llena, es la calidad de las personas, de nuestras relaciones, de nuestra fe la que necesitamos que sea más fuerte y profunda.  Le pediría a Jesús que pudiera ayudar a la gente en su forma de vivir, que se acuerden de Jesús, que les abra el corazón para que él entre y vivamos en armonía. Siento que a la gente le falta amor, es lo que más necesitamos. Quizá sea por el materialismo, muchos niños abandonados, que están solos. No es tanto el problema de la pobreza en nuestro sector, sino la falta de amor.

La comunidad ha estado dividida y creo que es porque no nos conocemos. Hay gente que se ha alejado y desearía que volviera a participar. Como coordinadora, mi misión creo que comienza por conocer a la gente, acercándome a ella, visitar a los grupos. Sé que todos somos distintos y que tenemos que reconocer que tenemos distinta crianza. En la comunidad tenemos que aprender a acoger con amor. La gente necesita que la escuchen, necesitan contar su vida, sus problemas, y nuestra capilla tiene como propósito eso,  escuchar a la gente.

Que sea una capilla abierta a todos, porque es de todos, sin mirar color, edad ni condición social.

Que en la comunidad no haya competencia entre nosotros, que podamos encontrar paz cuando nos reunimos y celebramos.

Mi misión es ayudar a conocernos, acoger y unir a la comunidad. De esta unión saldrá la fuerza para trabajar y mostrar el amor a las personas, para sembrar armonía en nuestro barrio. 

 

Bajos de Mena, Puente Alto

 

 

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