Propuesta de Solidaridad desde el Pensamiento del Padre Hurtado

Publicado el 17 de agosto de 2015    |   A la escucha del mundo

Estamos en el mes de la solidaridad, mes que se ha instituido en nuestro país a raíz de la fiesta de San Alberto Hurtado, el día 18 de agosto. Muchos hablamos de la solidaridad, damos nuestras opiniones y vertimos nuestros pensamientos en este concepto tan amplio que nos permite decir y manifestar nuestra forma de verlo y lo decimos como si fueran las palabras mismas de nuestro santo. Las siguientes líneas pretenden ser una ayuda para comprender la solidaridad desde lo que manifestaba San Alberto, especialmente en su libro Humanismo Social.

Lo primero que debemos señalar es que para el padre Hurtado la solidaridad surge de un profundo sentido social que los católicos debemos poseer por el hecho mismo de ser católicos, al respecto señala que “El sentido social es aquella cualidad que nos mueve a interesarnos por los demás, a ayudarlos en sus necesidades, a cuidar de los intereses comunes […] es aquella aptitud para percibir y ejecutar prontamente, como por instinto, en las situaciones concretas en que nos encontramos, aquello que sirve mejor al bien común” .

De este modo, para el santo jesuita, nosotros como creyentes no podemos vivir de espaldas a la vida social, hemos de estar atentos a las necesidades de nuestro prójimo, sin importar cuán grande o pequeña sea ésta, donde haya un ser humano con alguna necesidad o dolencia allí hemos de estar los cristianos para buscar auxiliar y asistirlos para que puedan desarrollar su vida de la mejor manera.

 

De este modo nos dirá el santo que “El hombre con sentido social no espera que se presenten ocasiones extraordinarias para actuar. Todas las situaciones son importantes para él, pues repercuten en sus hermanos. Por eso cede espontáneamente el asiento en un tranvía; toma para sí el sitio más incómodo; no arroja los papeles en la calle; adivina el dolor que se oculta bajo los harapos y aún el que está todavía más encubierto; simpatiza con el empleado condenado a sonreír perpetuamente y a quien incomoda lo menos posible; a pesar de su pobreza sabe encontrar medios para hacer la caridad...” .

Se puede apreciar que para Alberto ninguna ocasión es despreciable para hacer el bien, nosotros muchas veces omitimos el bien hacia nuestro prójimo pensando que es intrascendente, pero ha decir verdad, cada uno de nosotros en medio de nuestra vida cotidiana puede destacarse en caridad y en desarrollar el bien hacia los demás, no hace falta esperar momentos extraordinarios para hacer sentirse especial a nuestros hermanos, sólo basta que les demostremos el amor que Dios les tiene.

Por eso más adelante en su libro nos advierte que “quien no tiene sentido social actúa siguiendo la ley de su capricho, buscando siempre el menor esfuerzo aunque haya de molestar a los demás en los cuales no piensa. Por eso naturalmente tira al suelo los papeles sucios, colillas de cigarros aun en una oficina, hace sonar inmoderadamente el claxon del automóvil; arroja un objeto al alcantarillado aunque para deshacer el desperfecto haya de bajar un obrero a veces con riesgo de su vida; si tiene automóvil no se preocupará de que el pobre chauffeur espere largas horas, inclusive en las noches de invierno; si va a una tienda hará perder tiempo al vendedor removiendo todos los objetos aunque esté resuelto a no comprar nada; si compra algo pide que le manden, y, con suma urgencia, el paquete aunque pueda él llevarlo sin dificultad” .

No es raro ver hoy estas mismas actitudes en nuestros compatriotas, hoy quizás mas exacerbadas que en el tiempo del padre Hurtado, las muestras de desamor son evidentes y muchas veces rayan en la violencia que atenta contra nuestros niños, adultos mayores, personas con capacidades diferentes, los pobres, los marginados, los indefensos, en fin, podríamos dar una lista interminable de situaciones que en nuestra sociedad nos urgen a dar una respuesta de fe para hacer de nuestra patria un país de hermanos donde la persona sea el centro de nuestra acción.

 

El padre Hurtado tiene siempre presente que esta situación lleva a una falta de solidaridad hacia los demás, por eso nos llama a estar atentos en la formación que les estamos dando a nuestros niños, al respecto señala que “esta falta de solidaridad humana comienza a verse desde el colegio en el espíritu de broma ininterrumpida que hiere a los profesores y molesta a los compañeros. Si algunos menos inteligentes que él pierden el curso y el dinero penosamente reunido por sus padres, como consecuencia de la tanda que él organiza en la clase ¿qué importa?, ¿para qué es tonto?” . Abriendo los ojos a las realidades que se dan en los establecimientos educacionales hoy, hemos de señalar que más que nunca debemos estar atentos a estas faltas de solidaridad en nuestros hijos, pues es en el ambiente escolar donde ellos se forman para la vida social y es allí donde deben practicar el respeto por la persona que han adquirido en nuestros hogares y, a pesar de ser muchas veces agredidos por el entorno hemos de ayudarlos a responder con el bien al mal que les puedan hacer sus compañeros, sólo en esa perspectiva desarrollaremos con ellos la verdadera solidaridad que nace del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

En este sentido hay que señalar que para el padre Hurtado el primer ámbito donde los niños han de desarrollar la solidaridad es la sala de clases, pues para él “lo esencial es que el alumno comprenda que hay que reemplazar el principio de su responsabilidad individual delante del profesor por el de la solidaridad social, solidaridad de los alumnos entre sí y de los alumnos con el maestro y no contra él” . El ámbito más cercano es, para el santo chileno, el momento y el lugar donde debemos realizar un acto solidario, que, como se ha visto a lo largo de esta reflexión, para Alberto no es otra cosa que poner en práctica el amor que profesamos en nuestra confesión de fe.

 

Fuente: 

Reflexión: Jorge Aros Vega

Magister en Teología, Profesor de la Pontificia Universdad de Valparaiso

Fuente Bibliográfica:

A. Hurtado, Humanismo Social, Editorial Los Andes, Santiago, 1992

 

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