Sofía Barat, cosas que cuentan de ella.

Publicado el 17 de mayo de 2017    |   Por Dolores Aleixandre rscj    | A la escucha del mundo

1. Estaba a punto de despedirse de Filipina a la que enviaba a América, junto con otras cuatro compañeras. Se embarcaban en el velero Rebeca y emprendían una aventura difícil y arriesgada: viajar en aquel tiempo estaba lleno de peligros y se enfrentaban con un mundo desconocido. Sofía les dijo: “Aunque no consiguierais mas que abrir en Luisiana un sagrario, uno sólo; aunque no consiguieseis más que enseñar a un solo indígena a pronunciar un acto de amor a Jesucristo, ¿no os parece que eso es suficiente para que seáis plenamente felices?”
Se enteró años más tarde de que Ofelia, una antigua alumna mexicana que se había educado en París, había decidido dedicar su vida entera a la evangelización en México e iba a caballo de pueblo en pueblo, tratando dar a conocer a Jesús y el amor de su Corazón, que habían transformado su vida. Sofía dijo emocionada: “Por una sola Ofelia hubiera fundado la Sociedad...”

2. Tenía el don de sacar a flote lo mejor que había en las personas e impulsarlo hacia adelante. Miraba de frente y a los ojos, pero no para analizar ni controlar: su mirada era la de alguien que, desde una honda compasión, se ofrecía para hacer camino con quienes se le acercaban. En 1842 fue encontrada en Marsella una joven vagabunda, Julia de Wicka que no tenía al parecer casa ni familia y hablaba una lengua desconocida. Sofía entró en relación con ella, se interesó por su extraña historia y decidió tomarla bajo su responsabilidad.  Julia tenía un carácter insufrible y se aprovechó de la amistad que se le ofrecía. A lo largo de su vida traicionó mil veces su confianza, y sin embargo Sofía no vaciló nunca y jamás dejó de sostenerla a pesar de las críticas. Había comenzado una amistad con ella y la mantuvo hasta la muerte con una perseverancia que algunos juzgaban ceguera y terquedad. Pero esa su manera de amar.

3. Se le notaba su procedencia campesina. Al fin y al cabo, en contacto con el campo había aprendido el ciclo del tiempo, el temor a las heladas, la paciencia de la espera, la necesidad del agua, del sol, del aire, de muchas manos trabajando en la cosecha al mismo tiempo.
De vez en cuando avisaba: “A las 4 de la tarde, invito a todas las que puedan a bajar conmigo al jardín a recoger nueces y partirlas y a dar la vuelta al heno”. Siempre que podía se iba a la granja, daba de comer a los conejos y a las gallinas,  o el biberón a un ternero que se había quedado sin madre.
 “Un día que estaba entretenida junto a un viejo caballo al que tenía mucho cariño, fui a darle un recado (lo cuenta Paulina Perdrau, la pintora de Mater) y mientras se lo explicaba, pensé que le estaba haciendo más caso al caballo que a mí. Me notó la queja en la cara y me dijo con malicia: “Te veo muy ocupada de ti misma, Paulina...” Otro día, estaba yo encaramada en un andamio de la iglesia retocando una pintura cuando la oí llamarme: “¡Paulina baja! La hermana encargada de las vacas no está, ven  a cuidarlas conmigo. ¡Hace un día precioso!”
En abril de 1865, tenía 85 años y le quedaba solamente un mes de vida (murió el 25 de Mayo de ese año). En una carta a Estanislao, un sobrino suyo, le comentaba que en París estaban teniendo una primavera espléndida y que esperaba que no hubiera alguna helada tardía, porque eso estropearía todas las flores. En los comienzos de Mayo, Sofía disfrutaba del buen tiempo y pasaba algunas mañanas en el jardín. Sentada bajo el cedro, su árbol preferido, esperaba a que las pequeñas vinieran durante el recreo a estar con ella. Y era entonces cuando se sentía plenamente feliz porque estaba rodeada de lo que más le gustaba: los niños y la naturaleza.

Fuente: Dolores Aleixandre rscj
Colaboración de Sofía Baranda rscj

 

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