Ana Du Rousier, Mary Mc. Nally y Antonieta Pissorno

Publicado el 14 de septiembre de 2015    |   Desde el corazón (Borrador)

Primera Comunidad de Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, en Chile 

“Por nuestra vocación somos constituidas pastores y doctores, tenemos un rebaño que apacentar, y ¡qué rebaño! La esperanza de la Iglesia, la esperanza de la Sociedad, la esperanza de las familias… Debemos ser para las almas la “sal de la tierra”…”. Ana du Rousier 

El 23 de julio de 1853, cuando Ana du Rousier se encontraba en Estados Unidos visitando las comunidades fundadas por Santa Filipina Duchesne, recibió una carta de Sofía Barat que le pedía partir a Chile. Antonieta Pissorno y Mary Mc Nally, viajarían con ella. 

Con pocos preparativos y llevando sólo lo necesario, el 9 de agosto comenzaron el viaje que las llevaba a una tierra desconocida y lejana, sin saber el camino, ni el tiempo ni la lengua. 

“¡Con qué entusiasmo dijimos adiós a este buen Maestro, rogándole que nos acompañara en este viaje que emprendíamos únicamente por Él, felices de haber sido escogidas para llevar tan lejos el conocimiento y el amor del Corazón de Jesús!... Bajamos en seguida para instalarnos en nuestra cabina que, tenemos que decirlo, era la mejor. Difícil de creerlo, por lo sucia y pequeña, ya que apenas cabían dos camas en ella, ¡y nosotras éramos tres!” . 

Comenzaban un viaje lleno de riesgos, incomodidades y accidentes, deteniéndose en Jamaica, atravesando el istmo de Panamá, volviendo a embarcarse en el Pacífico hacia el sur, con una pequeña escala en Lima, para llegar a Valparaíso el 12 de septiembre de 1853, y el 14 de septiembre llegarían a fundar a Santiago de Chile.

Los primeros siete años en Santiago ocuparon una casa a medio construir y abandonada en la Plaza San Isidro. Allí organizaron el pensionado y la Escuela Normal que recibió a sus alumnas desde comienzos de 1854: 

“El pan fue muy irregular. El agua faltaba lamentablemente-. El trabajo en esta primera casa es un milagro de la multiplicación del tiempo y de las fuerzas. Ana du Rousier daba las lecciones de francés en el pensionado. Hacía con Antonieta la vigilancia de la escuela Normal, y para abreviar, las religiosas tomaban las comidas con las alumnas. 

La empresa de enseñar en español, lengua que apenas la sabíamos, la religión, la geografía, la historia, la aritmética, parecía impracticable, pero nada es imposible para Dios, él lo hizo todo… Mary Mc Nally hacía todo en el pensionado sin una hora de tregua. 

Al atardecer, estando ya las alumnas dormidas, las religiosas se volvían a encontrar. Entonces se preveían las necesidades del día siguiente, los tiempos de oración se sacaban del tiempo de reposo de la noche, y desde la aurora cada una reencontraba todo el vigor de su ánimo…” (diario de Mary Mc Nally). 

“El bien que estamos llamadas a hacer no es un bien individual sino común, y debe hacerse para el cuerpo entero, luego no admite espíritu propio ni ideas particulares, todo debe fundirse en el espíritu del Sagrado Corazón…”.    Ana du Rousier rscj

Hombres y mujeres de distintas culturas, religiones y tradiciones espirituales anhelan a Dios y trabajan para hacer de nuestro mundo, un espacio habitable con futuro para la humanidad y para la creación. 

Fieles a Sofía, mujer de relaciones y diálogo, aprendemos el valor del cuidado, la cercanía, la paciencia y el amor como actitudes del corazón que nos conducen hacia la comunión. 

Encontramos el Corazón de Jesús encarnado en esta historia; desde aquí reclama nuevas relaciones y nos invita a caminar unos con otros/as y con toda la creación como un solo cuerpo. 

El Espíritu va transformando nuestros sentimientos y llegamos a sintonizar con el latido de nuestros pueblos descubriendo las huellas y el amor del Creador. Él suscita en nosotras un modo nuevo de acercarnos a la realidad, solidarias en la búsqueda de la justicia, la paz y el cuidado de la creación. 

De la fragilidad surge vida nueva, buscamos aprender a ser hermanas, a crecer asumiendo nuestras vulnerabilidades y dones, y nos animamos mutuamente a correr riesgos que nos dan vida. La comunidad, a todos los niveles, es misión y para la misión. 

“Educar es, en sí mismo, un acto de justicia”. Es una responsabilidad ineludible orientar todos nuestros esfuerzos educativos hacia la creación de relaciones basadas la equidad, la inclusión, la no violencia y la armonía. Ahí donde estemos, la misión educativa visibiliza nuestra solidaridad con los excluidos. 

La visión de Santa Magdalena Sofía Barat, de formar adoradoras apasionadas por la vida y capaces de transformar el mundo, impulsa nuestro propio anhelo. Escuchamos una fuerte invitación a caminar con los jóvenes compartiendo nuestra sed y nuestras aspiraciones, uniendo nuestros esfuerzos para construir un mundo conforme al Reino de Dios.

 

Fuente: Equipo de Comunicaciones

Provincia de Chile

 

 

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