Philippine Duchesne

Publicado el 15 de noviembre de 2015    |   Por Sandra Cavieres rscj    | Desde el corazón (Borrador)

Philippine tenía muchos dones y debilidades como cualquier ser humano... uno de sus dones fue cuidar a los enfermos. Así lo describe Louise Callan rscj en su libro PHILIPPINE DUCHESNE Misionera de Vanguardia. Traducido al español por M.T. Guevara rscj

“Una de sus dotes más maravillosas era el saber tratar a los enfermos. No sólo atendiéndolos en la parte física con gran eficiencia, sino fortaleciéndolo espiritualmente por su gran caridad. A menudo llevaba al lado de la enferma su cesta de remiendo. Al mismo tiempo que cosía alegraba las largas horas con sus interesantes recuerdos. Si la enfermedad se agravaba, a nadie cedía su puesto de abnegación y esto no sólo con las religiosas y con las niñas, sino con Théotiste, la vieja criada comisionista, con Matilde la cocinera negra y con su hijita, siempre delicada, y con los hijos del criado del convento.

Tal vez alguien se sentiría inclinado a pensar que esta caridad inagotable provenía de sus tendencias naturales. Nada más lejos de la realidad. En su alma se libraban constantemente fuertes luchas entre sus propias inclinaciones y los movimientos sobrenaturales de la gracia. Esta triunfaba después de rudos combates. Philippine Duchesne tenía gustos bien decididos, simpatías y antipatías marcadas, afectos muy intensos. Sin embargo su caridad universal abrazaba con abnegación constante a cuantas almas se le acercaban; esforzándose en hacerse toda a todas a fin de ganarlas para el Corazón de Cristo. Amaba a Florissant casi con vehemencia, le gustaba su pobreza material, los inconvenientes que de ella resultaban y su austera soledad, carencia de todo lo terreno, pero compensada con la riquezas espirituales de la fuerte dirección de los jesuitas. Pero a veces se sentía de tal manera exhausta, que apenas podía arrastrarse a la capilla para rezar, o a la sacristía para trabajar, tan débil que más bien era ella la necesitada de ser atendida, cuando llevaba a las enfermas una taza de té o un poco de caldo. Solamente la fuerza de su voluntad indomable y la caridad misma de Cristo, podían urgirla y sostenerla en su tarea diaria de trabajo, de oración y de servicio." (pag. 572-573)

Llegó el momento que ella tuvo que dejarse asistir en la enfermedad y vejez... recibe la visita de la Madre Ana du Rousier en los últimos momentos de su vida..

“… El martes 16 de Noviembre (de 1852) fue un día gris: lluvia torrencial, viento cortante, frío intenso. La Madre Duchesne quiso levantarse, como de costumbre para ir a la Misa; estaba tan débil que la Madre Hamilton no se lo permitió y la enferma se sometió dócilmente. Un poco más tarde  se detuvo un carruaje a la puerta de la casa y después de un rato de conmoción, entró la Madre Hamilton a anunciarle una visita. Eran la reverenda Madre Cutts, Vicaria del sur de Estado Unidos, y la reverenda Madre du  Rousier, Visitadora de América en nombre de la Madre Barat. Traía un último mensaje a la moribunda. Al oírlo le estrechó con fuerza la mano, pidiéndole que la bendijera. Así lo hizo en nombre de la santa fundadora. A su vez pidió la bendición a la Madre Duchesne. Esta levantó su mano descarnada y trazó la cruz en la frente de la Visitadora. “ Aún me parece sentirla”, decía más tarde la Madre du Rousier, “y confío me haya traído felicidad”. Como alguien sugiriera que los sufrimientos de la Madre Duchesne podrían servir para atraer gracias sobre la misión de la Madre Visitadora, exclamó con presteza: “No estoy sufriendo”. “Ofrezca por lo menos sus privaciones”. Con su voz débil, pero segura contestó: “Sí las ofreceré”.

Al día siguiente estaba aún más débil; una tos persistente no le daba descanso. La Madre Hamilton estaba siempre a su lado para aliviarla con alguna bebida refrescante. Cerca de las doce de la noche la rehusó, temiendo romper el ayuno eucarístico. Al decirle la superiora que aún no era la hora, le preguntó “¿está usted segura?” Estas palabras conmovieron a la Madre Hamilton; le parecía volver haber vuelto a los doce años en que, joven religiosa, su amada Madre Duchesne le tomaba cuenta de sus actos. Al amanecer, el Padre Verhaegen vino de la casa parroquial para dar la comunión a la enferma. La comunidad se había reunido en la capilla. La Hermana Couture encendió un poco de fuego en el cuarto. Al verlo dijo la Madre Duchesne: “Sólo piensa usted en las cosas de la tierra. ¿No valdría más que de rodillas rezara un Pater y un Ave por mi pobre alma?” La Madre Hamilton le dijo que todas rezaban por ella en el cuarto cercano. Entonces exclamó: “¡Qué feliz soy de morir en una casa donde reina la caridad!”

…Y lentamente fue acabando, como una lámpara que se extingue. Al toque del Angelus de mediodía de ese jueves 18 de Noviembre de 1852, llegó a su glorioso término la heroica vida de Philippine Duchesne.

La colocaron en tosco ataúd hecho por el carpintero del pueblo, y la velaron en silencioso dolor, pero mezclado con intenso gozo. Cantaron el oficio de difuntos en la pequeña capilla que ella había frecuentado con tanta asiduidad. El funeral solemne, celebrado por el Padre Verhaegen en la iglesia de San Carlos Borromeo, atrajo muchos sacerdotes al santuario y el pueblo entero acudió con agradecimiento. Después del funeral la depositaron en el cementerio, en el declive de la colina; el párroco volvió a la sacristía para certificar el hecho. Había conocido sus años vigorosos en Florissant, los de humillación y dolor en San Luis, el sinsabor de su fracaso con los indios, la obscuridad de los últimos años en St. Charles… pero podía decir que “Es una religiosa perfecta…” (pag. 684-685)

La perfección que señala el párroco ¡¡será el gran amor a Jesús, traducido en amor a los más pequeños y desvalidos, deseosa que muchos y muchas conocieran el amor del Corazón de Jesús que ella había experimentado!!

 

 

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