Subir a Jerusalén con Jesús

Publicado el 27 de marzo de 2013    |   Desde el corazón (Borrador)

Subir a Jerusalén con Jesús

Junto con anunciar la inauguración del Reino, Jesús empieza a llamar a sus discípulos y discípulas: ven y sígueme, vengan y vean, quiero cenar en tu casa… Hacerse discípula de Jesús significa estar y caminar con El, aprender de él, trabajar con él, ser enviada por él.  Les enseña que su alimento es hacer la voluntad de su Padre y llevar a cabo su obra, que El es enviado y que él las envía. El Padre es quien las atrae a Él. El fin del discípulo y discípula es asemejarse al maestro,  reproducir su imagen, tener sus mismos sentimientos y actitudes. La relación que compromete al discípulo con el maestro y al maestro con el discípulo, es el amor y el amor asemeja, dice San Juan de la Cruz.

El camino de Jesús es un camino de encuentro con enfermos y pecadores, de mesas compartidas, de hogares abiertos, de enseñanzas en el lago, de unciones y derroches de perfume… Pero hay algunas que no creen y consideran duras sus palabras. Hay condiciones para llegar con El hasta el final: tomar la cruz, despojarse.

Jesús decide subir a Jerusalén en un acto de profunda confianza en el Padre, de profunda radicalidad con su misión y de profundo amor por la humanidad. Su vida se había definido por la humildad, la apertura y la misericordia y en ella se revela el Dios que se inclina y abaja para hacerse uno de nosotros y que se abre para abrazarnos a todos y todas.

Desde la cruz de Jesús, Dios nos regala la certeza de su amor incondicional: nada nos puede separar de Él. Desde la cruz, el Dios de Jesús nos capacita para amar con esa misma radicalidad e incondicionalidad.  Un amor que se nos da gratuitamente para que lo demos gratuitamente, un amor en forma de humildad, un amor en forma de apertura, un amor en forma de perdón.

Compartimos con Jesús su cruz  para beber de ese amor y amar con ese mismo amor.  Es la cruz la que nos devuelve a nuestra humilde verdad de pobres, de pecadoras perdonadas. Es la cruz la que nos incluye a todos y todas en nuestra común experiencia de heridas y abandonadas.  Es la cruz la que nos enseña que la misericordia del Señor no tiene límites y que podemos contar con ella siempre.  Es la cruz la que nos devuelve la confianza en nosotras mismas y en la humanidad y nos lanza a la tarea de perdonar. En la cruz  amar se transforma en una carga ligera y en un verdadero descanso.

Hna. Sofía Baranda.

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Equipo Comunicaciones.

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