Clericalismo, el pecado que debemos afrontar

Publicado el 25 de julio de 2018    |   Por Bernardita Zambrano rscj y Judith Schönsteiner    | Desde el corazón

La Iglesia está herida por su pecado, así lo sentenció el papa. Francisco pidió a los obispos chilenos la virtud de la magnanimidad[1] y es lo que nos parece tenemos que pedir todos/as para reconocer que en este pecado todos somos parte, algunos con culpa, otros con responsabilidad. Y esto porque todos somos Iglesia. Por eso es necesario adentrarnos en la espesura del mal que percibimos en la cultura eclesial o más bien eclesiástica, que ha posibilitado abusos de todo tipo.

1. Clericalismo y teología

Si estamos juzgando, y es necesario juzgar el bien como bien y el mal como mal, el primer paso que debemos dar es “darnos cuenta” para luego querer cambiar modos de mirar, pensar, reflexionar y decidir el andar eclesial y eclesiástico. En la Iglesia hay una fuerte relación entre teología y poder, por ello tenemos que velar para que la formación teológica sea transversal, es decir, tanto para quienes tienen el sacramento del orden, como para aquellos/as personas que sienten la vocación a la profundización del misterio de Dios mediante la investigación y la docencia de la teología. Si queremos “desclericalizar” la teología, esto implicará poner a disposición recursos económicos que garanticen estudios no solo para los sacerdotes, sino también para las mujeres de la vida consagrada y/o para laicos y laicas que deseen dedicarse a esta misión de la iglesia. Necesitamos mayor formación teológica en toda la Iglesia y más agentes pastorales preparados en todo el país.

Sin embargo, no es solamente un problema quien accede a la formación teológica, lo es también, el contenido de lo que se enseña y estudia. No ayuda al pueblo de Dios una enseñanza cristiana que bordea en lo que el papa Francisco llama “el gnosticismo actual”. Cuando alguien tiene respuesta a todas las preguntas demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta. Los sacerdotes y teólogos no tienen por qué tener respuesta para todo. ¡Como pretender que podamos medir y sondear el misterio de Dios! No deben ellos creer que podrían tener respuestas para todo, ni nosotros debemos esperarlo en una actitud infantil de docilidad o en la búsqueda de seguridades ante un Dios insondable. Dios nos supera infinitamente (…) quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios[2].

Por otra parte, las elites eclesiales, entendidas como estas minorías selectas que pretenden regir los destinos de la Iglesia, se reproducen fácilmente no sólo en las iglesias locales en sectores acomodados. Las comunidades cristianas tenemos que poner atención en quienes son los grupos hegemónicos que imponen sus ideas, ya sea porque tienen el poder económico o algún otro tipo de supremacía intelectual, social, política, etc. Todo esto ha decantado tristemente en una teología masculina, europea y de escritorio, desafectada de la realidad. Haber dado toda la autoridad teológica (litúrgica, moral, sacramental, etc.) a estas elites nos ha dejado en una Iglesia dividida, donde quienes han tomado las decisiones están desenraizados de la vida sencilla del pueblo de Dios. En el pensamiento teológico del Magisterio de la Iglesia faltamos las mujeres, los pueblos indígenas y los pobres. Sería muy fácil testear dentro de la jerarquía cuántos de los pastores que tenemos actualmente han leído teología desarrollada por mujeres o teología escrita por indígenas o teología latinoamericana, escrita desde el sufrimiento de los más pobres.

2. Clericalismo y laicado

Otro signo del clericalismo es la escucha poco atenta al aporte laical. El laicado ya está sacando la voz en muchos lugares del país, pero aun es necesario que muchos más y sobre todo que las mujeres lo hagamos. Somos las que en muchos lugares hemos sostenido la vida de las comunidades, con el anuncio, con la preparación de la liturgia, con la asistencia a largas y tediosas reuniones donde, por lo general, más escuchamos que lo que opinamos o decidimos, porque nos toca ser ejecutoras de las grandes líneas pastorales, planes maestros, programas u orientaciones doctrinales, que fueron pensadas por otros, todos varones: papa, obispos, presbíteros, diáconos, vicarios, etc. Hoy es tiempo de que el laicado hable más, pero que también la jerarquía se disponga a escuchar, de un modo atento, sin subestimar, con la reverencia necesaria de reconocer que “el pueblo de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción”[3], como lo reconoce el papa Francisco.

Pero no todo es clericalismo, en justicia hay que decir que también hay muchos sacerdotes que dan la vida por amor en las zonas más recónditas de Chile, sacerdotes de pueblo y que con muy pocos recursos acompañan y caminan en medio del Pueblo de Dios; pero también hay muchos laicos/as y religiosos/as que lo hacen, que hace mucho tiempo comprendieron, que su vida entregada sería con y desde los marginados. Son ellos y ellas quienes han optado por poner el corazón a palpitar junto a los que sufren la injusticia, la pobreza, la discriminación, los distintos modos de marginación. Son ellos y ellas quienes pueden decir una palabra en la toma de decisiones respecto de la doctrina, de los modos de celebrar la fe, de los tiempos litúrgicos, de los discursos sobre Dios que hacen sentido a estos tiempos. Es necesario propiciar espacios de diálogo, de búsqueda conjunta sobre cuáles serán los caminos que la Evangelización y la encarnación del Evangelio tienen que recorrer hoy. Y, otra vez, una escucha confiada en la acción del Espíritu Santo en medio del pueblo que busca en hermandad una iglesia que responda de mejor manera a los desafíos de estos tiempos.

Los liderazgos son necesarios en toda organización, pero hay que decirlo claro, el sacramento del orden no trae aparejado ningún liderazgo, y en la Iglesia se necesita liderar. Urgen líderes –hombres o mujeres- en los consejos, comisiones, vicarías, cancillerías, tesorerías, tribunales, dicasterías, etc. ¿Por qué no dejar estos puestos que implican cuotas de poder, además de conocimiento técnico (por ejemplo, financiero), en manos de hombres y mujeres que cuenten con habilidades de liderazgo necesarios para cumplir dichas funciones? La trampa del clericalismo es creer que estas funciones sólo pueden ser ejercidas por quienes ostentan el sacramento del orden, lo cual es falso e ingenuo.

3. Clericalismo y verdad

Las dificultades en la Iglesia siempre estarán, las experimentaron los discípulos frente al orgullo de Santiago y Juan, los apóstoles Pedro y Pablo al decidir si evangelizar o no a los paganos, santa Teresa y los presbíteros de su época que no creyeron que ella pudiera hacer teología, la disputa entre Lutero y sus contemporáneos que derivó en una gran reforma de la Iglesia, en fin: la historia eclesial y eclesiástica ha estado marcada por diferencias y ellas seguirán estando, al final de cuentas nos enriquecen. La actitud adecuada siempre será mirar la dificultad de frente, con altura de miras, invitando a dialogar a los actores, sin esconderse, sin encubrir responsabilidades, sin ocultar información, volver a la corrección fraterna que puede ser de gran ayuda, sin poner obstáculos al diálogo, sin temer a la confrontación respetuosa, a la búsqueda conjunta de soluciones. Aunque muchos piensen que los sacerdotes deban resolver los problemas solos: no queremos una Iglesia así. Eso implica que también en esta crisis, asumamos nuestra responsabilidad de mujeres y hombres miembros de esta Iglesia.

4. Clericalismo y estatus

Otro tema es el estatus y la autoridad que reciben los diáconos, presbíteros, obispos solo por el hecho de ordenarse. Creo que es tiempo de revisar lo categórico que resulta decir que “la consagración episcopal (que se transfiere a los presbíteros, dirá luego el derecho canónico), junto con el oficio de santificar, confiere también los oficios de enseñar y de regir”[4]. Santificar, enseñar y regir, son tres actos que se arrogan tal autoridad, que necesariamente tiene como primera tentación cualquier tipo de abuso y la consiguiente infantilización del Pueblo de Dios.  Además, hoy, reconociendo el pecado del clericalismo y que dichos “oficios” están en manos de una mínima porción del pueblo de Dios, que además excluye a las mujeres, son a lo menos cuestionables, e invitan a un diálogo honesto que pueda redundar en cambios significativos para subsanar consecuencias clericales nefastas. Si el poder eclesiástico no es compartido, si sólo se concentra en menos de la mitad del pueblo de Dios (los varones), hay algo que falla. El plan de Dios no está completo sin la plena participación y el despliegue de todas las capacidades humanas y espirituales de las mujeres. La Iglesia del futuro tiene que ser pensada, santificada y regida por las mujeres, o no será.

También se han criticado los signos visibles de ese estatus que generan un distanciamiento de las personas que gozan del sacramento del orden; creo que en estos tiempos ya no se justifican, ni un atuendo diferente (vestimenta negra, clériman) ni los títulos nobiliarios (Excelencia, eminencia, reverendo, monseñor, etc.), que acentúan diferencias que finalmente se traducen en privilegios. incluso el adjetivo “padre” ya no tendríamos que usarlo, que por lo demás, dicho sea de paso, es antievangélico, fue el mismo Jesús quien dijo “No llamen Padre a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, el que está en el Cielo” (Mt. 23, 9). Si queremos de verdad caminar hacia una cultura del cuidado y la protección[5] dentro de la Iglesia, como pide el Papa Francisco, tenemos que fomentar esa igualdad fundamental[6] que preciosamente, y a fuerza de mucha discusión, resultó victoriosa en el Concilio Vaticano II, la igualdad que nos da el bautismo, consagración en la que Dios nos primerea a todos de igual modo, antes que el sacramento del orden que hoy es exclusivo para los varones.

5. Clericalismo y dinero

Una breve palabra sobre otro peligroso vicio del clericalismo. Se trata de la relación del clero con el dinero. Si bien es cierto, la Iglesia ha dado pasos en una mayor transparencia al respecto, y ya se han institucionalizado en muchas iglesias locales los Consejos económicos, continúa habiendo una nebulosa en cuanto a las propiedades de la Iglesia y sus inversiones, que en gran medida han sido producto de donaciones de cristianos bondadosos. Sin embargo, hoy, en este contexto cabe preguntarse también sobre las donaciones, ¿quiénes donan aún a la Iglesia? ¿A quiénes les donan? ¿Cuán evangélicas son las intenciones de los donantes? ¿Cómo se gastan esas donaciones? ¿Qué se hace con ellas? Nuevamente, frente a esta realidad, también necesitamos diálogo y corrección fraterna para recuperar confianzas y construir ambientes libres de todo tipo de abusos.

Finalmente, cristianos y cristianas, conscientes de la responsabilidad en todas estas cuestiones referentes al clericalismo, tendremos que optar. Y para ello contamos con lo más precioso que Dios nos ha regalado: nuestra consciencia libre, entendida como “el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla[7]. Si decidimos un cristianismo entendido como poder, como poseedor de la verdad y que por tanto excluye a los que no empatizan con nuestro credo o más bien una Iglesia que viva el Evangelio de Jesús, de la no violencia, el no poder, el no saber, de una inclusión a prueba de todo y de la cruz vivida misteriosamente como don, como momento liminal a la espera de la Resurrección…

"Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los gobernantes de las naciones actúan como dictadores y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero, que se haga el esclavo de todos; hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por la multitud.»" 
Mt. 20, 25-28

 


[1] Benevolencia, clemencia/ desprendimiento o generosidad. Rae

[2] Cfr. Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate, 41

[3] Cfr. Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, 1

[4] Cfr. LG 21, CVII

[5] Cfr. Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, 4

[6] Cfr. LG 9, Concilio Vaticano II

[7] GS 16, Concilio Vaticano II

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