SOBRE PRECHT, KARADIMA Y OTROS “ÍDOLOS”

Publicado el 12 de noviembre de 2018    |   Por Bernardita Zambrano rscj (reflexión para Mujeres Iglesia)    | Desde el corazón

“Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto” (Lc. 4, 8 ), le dijo Jesús al demonio que quería tentarlo en el desierto, recordando las palabras que desde el principio los creyentes en el único Dios, pusieron como mayor advertencia (Cf. Dt. 6, 4-14); seguramente porque reconocían como una tendencia natural humana, la necesidad de admiración por un otro, con algún tipo de “poder” que fascina, atrae, seduce.

Si bien es cierto, la Iglesia ha elevado a los altares a personas que siguieron en coherencia las huellas de Cristo, no fue precisamente porque el entorno los adulara, es más, muchos santos y santas son enteramente desconocidos, porque nunca buscaron el reconocimiento. Sin embargo, en nuestra Iglesia chilena pareciera que la tendencia es a estar haciéndonos de ídolos, de personalidades "especiales" que solo saben hacer el bien –o al menos es sólo eso lo que podemos ver-, olvidándonos que son humanos y si les conociéramos mejor, quizás nos llevaríamos lamentables decepciones.

Sin mucho temor a equivocarnos podemos decir que esta tendencia, algo tiene que ver también con la sicología de la élite, duramente criticada por el Papa Francisco. En estos círculos están muy claras las posiciones económicas, intelectuales o de proteccionismo de algún poder o información en particular, resguardando también ciertas personalidades más carismáticas que mantienen a los otros cautivos y embelesados con las bondades de aquel ídolo.

La Iglesia de la élite es la que mantuvo protegido a Precht y Karadima, y digámoslo, no precisamente porque se consideraran buenos los abusos cometidos por ellos, sino porque sus personalidades permitían mantener en control ámbitos de poder social y económicos, y sus víctimas eran el sacrificio para sostener una deformada institucionalidad de la Iglesia. Creemos que mientras permanezca la lógica de la sicología de la élite y los distintos modos de idolatría, permanecerá también el encubrimiento.

La autoridad eclesiástica, por medio del papa Francisco, ha declarado que por el bien de toda la Iglesia, ellos deben irse del estado clerical, porque son un daño para el resto fiel del pueblo de Dios. Y hemos sido testigos de la caída de dos ídolos de barro, un gesto profético que nos quiere devolver la mirada al único Dios, al Dios de Jesucristo.

La idolatría, que es otra manera de fomentar el clericalismo, tristemente sigue en funcionamiento, porque pareciera que a los cristianos no nos basta solo con Jesucristo, Dios hecho hombre para salvarnos. Podríamos pensar que nuestra fe, que es encarnada, necesita referentes de carne y hueso que manifiesten ser otros “Cristos”, si, así es, pero no uno, ni dos, sino muchos y en todos lados, no solo el que tiene tribuna en televisión, ni el que se destaca más en redes sociales, ni siquiera el que buenamente ha dado la vida por una causa justa por el Reino.

De verdad lo creemos, no necesitamos más ídolos, ni rockstar de ningún tipo. ¿Por qué insistimos en construirnos dioses de barro? ¿En qué minuto vamos a poner definitivamente toda la confianza solo en Dios y en la acción de su Espíritu?

¡Hasta cuando seguimos oyendo! “ya no voy a misa porque no me gusta el cura”, o “voy a tal misa porque está tal cura”. Como si le diéramos a la persona del sacerdote tal importancia, que la Eucaristía en sí misma y su valor de sacramento de comunión, que nos hace partícipes del cuerpo y la sangre de Cristo para formar un solo cuerpo ( Cf. 1 Cor. 10, 16-17) no fuera la fuente y culmen de nuestra vida cristiana (Cf. LG 11) como dice el Concilio Vaticano II, sino que ponemos toda la densidad de lo esencial que nuestra alma busca, en lo que el personaje detrás del alba es capaz de decir o hacer.

No queremos más una Iglesia con ídolos. Nos cansa escuchar la idolatría, nos fastidia el aplauso al “cura choro”, al de la idea brillante, al que tiene carisma, al que tiene la palabra precisa. Sólo queremos que la Iglesia sea un espacio para orar, para encontrarnos con Dios, un espacio fraterno, sororo, de comunión, de sanación, para agradecer y pedir perdón, aprender y pedir Su gracia... Lo demás es accesorio, lo demás está demás.

 

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